jueves, 26 de marzo de 2009

Cómo llegue a la FISI (Parte I)

Esta historia empezó hace mucho tiempo cuando informe a todos que postularía a la UNSA. Al respecto hubo muchos comentarios: “que a la UNSA cualquiera ingresa”, “que solo serviría para levantar mi autoestima”, “que era un gasto inútil”, etc., etc. Aunque no falto quien me animara a seguir adelante con ello alegando que ya había perdido mucho tiempo en la academia. Yo no considero la academia como una pérdida de tiempo pues sé que he aprendido mucho allí. Al margen de lo aburrido que puede resultar la rutina casa-academia y lo tedioso que es despertarse todos los días muy temprano (6:00 A.M.) confieso que empecé a cogerle el gusto al estudio. Tal vez exagero si afirmo que nunca antes había estudiado en el sentido pleno de la palabra pero lo que si no es una exageración ni una vanidad es que aprobar los cursos del colegio no me exigía el menor esfuerzo, bastaba con escuchar la explicación del profesor en clase y resolver la tarea.

Pero ¿Cuan agradable puede ser escuchar una clase de física durante 3 horas seguidas? Tal vez lo agradable fue estar esas 3 horas escuchando al profesor y entenderlo. El simple hecho de entender ya es gratificante uno dice: después de todo no soy tan bruto. Aunque hay más, cuando logras resolver un problema aplicando lo que entendiste te sientes lo máximo y la cosa mejora cuando no es un problema cualquiera sino que es un problema difícil y entre más difícil la experiencia es mejor. Ante esto es válido preguntarse si uno aun esta dentro de sus cabales o si sufre de alguna especie de masoquismo intelectual. Hubo momentos en que pensé que me estaba volviendo loco. Resolvía problemas durmiendo, veía formulas en carteles publicitarios por la calle y hasta llegue a decir inconscientemente y repetidas veces: “¡qué bonito problema!”. Al escucharme pude deducir lo trastornado que estaba mi concepto de belleza.

Así, entre la genialidad y la locura, se desarrollaba mi vida académica, una etapa que no debería haber durado mucho pero que entonces era eterna. Percibía el curso de mi vida estancado en un círculo vicioso de ciclos de estudio: verano, anual, semianual, repaso, pre… era una estructura iterativa condicionada por el examen de admisión al final de cada ciclo. Siempre estuve consciente de cuanto me faltaba, quizás porque me hacían el favor de recodármelo todo el tiempo, lo que nunca supe fue cuándo llegaría al final del bucle, cuándo terminaría con el circulo vicioso, cuándo ingresaría. Pero el momento llego. Ese día desperté en Arequipa, hacia frio y no me bañe, dicen que tienen suerte los que no se bañan, tal vez fue eso, tal vez fue un golpe de suerte. Se lanzaron los dados y me toco a mí y aunque no haya sido suerte yo me sentí afortunado como si hubiera ganado la tinka, no lo podía creer ¡había ingresado! No recuerdo cuantas veces repetí lo mismo: ¡Ingrese!, ¡Ingrese!, ¡Ingrese!... y seguía sin creerlo. Estaba feliz, era feliz y no solo por el hecho de haber ingresado ni por lo que ello implicaba. Sino porque para mí fue como quitarme un gran peso de encima. Paradójicamente al hecho de ingresar a la universidad; que implica el inicio de un nuevo estilo de vida, un nuevo comienzo; yo pude expresar mi felicidad como: “Ahora puedo morir en paz” un tanto porque esta meta se había vuelto tan difícil que cuando la logre me sentí realizado en la vida y otro tanto porque en realidad sentía paz, un alivio indescriptible. Ya nadie volvería a decirme: “¡Estudia!”. Al menos no por un buen tiempo. Sin embargo la felicidad no fue completa, la meta no era ingresar. La meta tenia nombre: “San Marcos”.

1 comentario:

  1. jajaja q trauma tu amor por el estudio jajaja aunq practicamente te comenzo a gustar porq tenias q estudiar...

    si...es una gran meta... "San Marcos" =S

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